viernes, 29 de enero de 2010

HACE 62 AÑOS QUE MURIÓ ASESINADO MAHATMA GANDHI

Si pinchas aquí, podrás ver la entrada que se colocó el año pasado con motivo del 30 de enero, Día Mundial de la Noviolencia y la Paz. Interesante información. Leer Más (si no se amplia, pincha en el título de la entrada)...

domingo, 17 de enero de 2010

PANIKKAR: SABER VIVIR, SABER MORIR



ENTREVISTA A PANIKKAR
LA CONTRA - LA VANGUARDIA
17/06/2008

RAIMON PANIKKAR, pensador; publica ahora su ‘Obra completa’ en dieciocho tomos.
Tengo 6.000 años: los viví con los hombres que nos precedieron. Naci en Barcelona de hindú y catalana. Soy sacerdote católico, pero no un funcionario del Vaticano. Todo ser humano, y no sólo los profesionales, tiene vocación de monje y político: si no la realiza esta incompleto.

MÁS ALLÁ DEL SUELDO

El silencio de Tavertet -¡qué verde este año!- no aísla a Panikkar, sino que lo conecta en sus lecturas de siglos con maestros védicos, evangélicos y periodísticos, pues también devora la prensa el maestro en su conexión tempiterna.

Vuelvo con un propósito en mi alforja: la política es demasiado importante para dejársela a los políticos. ¡Basta de quejarnos de los políticos y militemos, actuemos y sustituyámoslos! La mística es la otra vocación que no podemos ceder a los conventos: silencio, meditación, relajación… ¡Para todos! Son vocaciones que exigen esfuerzo, pero por eso mismo nos hacen personas frente a la única llamada a la oración que sí nos llega a todos cada día: “¡Haceos ricos!”.

“Para ser persona, hace falta ser monje y político”

Ahora publico mi obra completa…

-Obra completa: ¿no es un oxímoron?

Lo es. Además, yo sigo todavía vivo…

-Doy fe.

He pasado 80 años escribiendo y lo dejo ahí todo como un testimonio…

-Sé que más que escribir, reescribe…

Hasta 27 veces reescribí De la mística…

-…Y que jamás lee en público.

No hay que preparar el discurso, sino al orador. Yo no preparo los textos para leerlos en público, sino que me preparo a mí mismo en cada momento de mi vida para ser capaz de hablar.

-Y sus silencios también se escuchan.

El silencio forja el sentido. Y los estamos abandonando a cambio de una superficialidad banal e insulsa. Ruido a todas horas en todas partes para no tener que pensar.

-No todos podemos ser monjes…

¡Todos estamos llamados a la meditación! ¡Todos la necesitamos! También todos necesitamos la soledad y el silencio tanto como la sociedad y las palabras.

-…Ni políticos.

Ese es el grave error de nuestro tiempo: dejar la mística y la política a los profesionales. La vida espiritual y la vida política no son oficios, son dimensiones irrenunciables de cada uno de nosotros.

-Que exigen esfuerzo: más cómodo delegarlas y luego quejarse de los delegados.

Todos estamos llamados a realizarnos en ellas. Sólo si somos todos políticos y monjes podremos realizarnos plenamente como personas. Si no, somos incompletos.

-Vida completa: ¿otra contradicción?

Sobre lo que usted pregunta, la duración y el fin de la vida, me he inventado una palabrita, tempiternitat, que no es un tiempo ni largo ni corto, sino único…

-No podemos decidir la duración, pero sí la intensidad de nuestras vidas.

La intensidad es parte de la singularidad. Somos singulares. Somos únicos… Miserere Domine, apiádete, Señor, porque ego sum pauper, soy un pobre… ¡Et unicuus! Y único, dice el salmo latino.

-…

¡Unicuus! Esta singularidad… Perdone… Perdone… Que me emocione…

-Es emocionante.

¡Cada uno de nosotros es único!

-…

Si alguien le dice que usted le gusta porque le recuerda a alguien, es que no le ama: cada uno de nosotros es único e irrepetible. Pero esa singularidad sólo podemos vivirla si renunciamos al pasado, que es sólo un recuerdo, y al futuro, que es sólo una ilusión, y vivimos en el presente tempiterno.

-Usted ha vivido y ha creído: ha sido sacerdote del Opus Dei en Roma, budista e hinduísta en la India…

La fe no tiene objeto. La fe no tiene complemento.

-Y ha vivido ¿cúantos años…?

Seis mil años al menos. Yo no soy individualista: deploro el individualismo egoista que nos impele a encerrarnos a nosotros mismos y nuestras circumstancias; yo he vivido también en esos hombres que vivieron seis mil años antes que nosotros y me siento igualmente responsable de sus vidas…

-… ¿Y de sus crímenes?

Sí, también soy responsable de sus crímenes y culpas y sé que puedo lavarlos viviendo rectamente. Vivo cada momento convencido de que la vida es un don único como yo… ¡Qué alegía ser consciente de eso!

-¿Usted lo es desde niño?

Mi padre era hindú y mi madre catalana.

-Hoy ya no es una mezcla tan exótica.

La inmigración tiene un peligro, el de banalizar su cultura y la nuestra en una amalgama insulsa; de nuevo la superficialidad nos amenaza, pero la mezcla es también una oportunidad de profunda comunión; la de asimilarlos a ellos… ¡Y asimilarnos a ellos!

-Sin mezcla, no hay fecundidad.

Por eso necesitamos asimilarlos a ellos y asimilarnos a ellos: ninguna cultura que se encierra en sí misma sobrevive.

-¿Sigue siendo usted sacerdote?

Sí, celebro misa. Dependo de la diócesis de Varnasi (Benarés). Soy sacerdote pero no un fucionario vaticano, aunque en comunión con Roma. Y, en la cadena del saber que formaron mis maestros hasta mí, distingo a Jesús de Cristo.

-¿Y sus alumnos?

Soy alumno: me doctoré en Química y en Filosofía y después seguí siendo alumno con mis alumnos en la Divinity School de Harvard, en la Universidad de California…

-¿Por qué volvió de América?

¡Cómo cuidan a sus profesores allí! Trabajé y enseñé y aprendí mucho y bien en América, y me sentí querido y estimulado…

.Cincuenta libros: miles de artículos.

Y la palabra: ¡cúantos amigos en cada clase!

-Pero volvió.

Hubo un momento en que era feliz allí en el campus, en una casa magnífica, profesor, todo cuanto se pueda desear, unas bibliotecas inacabables y mucho cariño… Pero sentí que mi sitio estaba aquí, Tavertet, entre estos muros y montañas… ¿Escucha qué silencio?

-¿Recuerda a algún alumno en especial?

Hoy me han escrito varios alumnos de California. ¡Cúanto cariño en sus palabras!

-Regálenos algún pensamiento de los Veda que tradujo del sánscrito (Fragmenta)

La muerte no muere y por lo tanto en la muerte misma está la inmortalidad.

Web oficial de R. Panikkar
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jueves, 14 de enero de 2010

AMOR Y DESAPEGO

Marià Corbí

Aclaremos primero la noción de “amor”. Lo que habitualmente llamamos amor es sólo una egocentración ampliada. Cuando el otro o los otros me resultan imprescindibles para satisfacer mis necesidades, el amor propio debe ampliarse.
Cuando ese amor propio se amplía para incluir a la pareja, a los hijos, a la familia, a los amigos e incluso a la patria, no es más que un amor propio sensato y sano que comprende que ni puede vivir ni puede satisfacer sus necesidades físicas, afectivas, psicológicas, económicas, etc., sin esas ampliaciones.
Queremos más a los más próximos porque son los más necesarios a nuestras necesidades. El lenguaje del amor ya muestra su raíz egocéntrica. Expresiones como “eres mi vida”, “no podría vivir sin ti, o sin ellos”, “eres lo que da sentido a mi vida”, etc.
Este tipo de amor es inseparable del apego, porque está en función de nuestras necesidades y nuestros deseos.
Todo el amor que se da en la dualidad, en la relación de sujeto a objeto, de sujet a sujeto, es de estructura egocentrada y está ligado al apego.
En estos tipos de amor –el de pareja, el de familia, el de grupo, el de amigos, el patriótico, etc.- el objeto primario de amor es uno mismo y, por razón de sí, se quiere a los próximos.
Éste no es el amor del que hablan los Maestros del espíritu.
Los Maestros hablan de un amor en el que el otro, los otros o lo otro (se puede amar una causa con tanta intensidad o mayor que a las personas) está por delante del amor a sí mismo.
Para poder conseguir este tipo de amor hay que pasar por la muerte a sí mismo, por el silenciamiento de sí mismo, por el desapego de sí mismo.
Además de ese radical y profundo desapego de sí mismo, para amar como dicen los Maestros hay que desapegarse de todo interés y provecho propio al tener relación con la pareja, los hijos, los amigos, los grupos, al pelear por una causa, etc.
Por tanto hay que ser independiente de ellos, desapegado de ellos. Quien no saca ningún provecho de su relación con otros, es independiente de ellos. Y porque no depende de ellos puede amarles por ellos mismos.
Sólo la necesidad crea dependencia. Cuando hay necesidad y dependencia está funcionando el yo y su egocentración. Cuando la egocentración está por medio, el amor del que hablan los maestros no puede darse.
Estas dos formas de desapego –desapego de sí mismo y desapego de los beneficios que se puedan obtener de nuestra relación con otros y, por tanto de los otros–, en realidad son una unidad porque son dos caras de una misma realidad.
Así resulta que el amor que arranca del silenciamiento de los propios intereses, provechos, sentidos de la vida, es el auténtico amor al otro o a lo otro. Ahí se busca realmente el interés del otro sin someterlo previamente al propio interés.
Sólo ese tipo de amor merece el nombre de amor. El amor silencioso, más allá de la dualidad, a causa del silenciamiento del ego, es el único amor. El amor desde la dualidad es el egoísmo propio de un ser simbiótico, sólo es egoísmo ampliado. Lo cual no es poca hazaña, si es verdadero, pero hay que ser conscientes de que es amor mediatizado, supeditado al campo de necesidades.
Por esta razón, sólo el amor que va acompañado del completo desapego revela la realidad de lo amado y se hace conocimiento, conocimiento –también- silencioso.
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viernes, 8 de enero de 2010

FRAGMENTOS DE EL EVANGELIO ANTE EL PSICOANÁLISIS, DE FRANÇOISE DOLTO

Criterio.
De origen francés, la psicoanalista Françoise Dolto nació a principios del siglo XX y murió en 1988.
El suyo ha sido un testimonio capital como mujer, como terapeuta y como filósofa en acción. Su contribución a la historia del psicoanálisis es una de las más valiosas y lúcidas.
Como creyente católica, aborda con una mirada aguda y sensible algunos pasajes centrales del Evangelio.
Ofrecemos a los lectores fragmentos del capítulo “Parábola del samaritano”, tomados del libro El Evangelio ante el psicoanálisis (Madrid, 1978), edición agotada desde hace años. A través de ellos se descubre una original y auténtica mirada sobre la persona humana a partir del concepto de prójimo. Dolto revela una perspectiva nueva y nada convencional del otro, que importa tener en cuenta.
Ángela Sanutti

***

Y entonces, un doctor de la Ley se levantó y le preguntó para ponerlo a prueba:
–Maestro, ¿qué tengo que hacer para heredar la Vida eterna?
Jesús le preguntó a su vez:
–¿Qué está escrito en la Ley? ¿Qué lees en ella?
El le respondió:
–Amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas y con todo tu espíritu, y a tu prójimo como a ti mismo.
Le dijo Jesús:
–Has respondido con exactitud; obra así y alcanzarás la vida.
Pero el doctor de la Ley, para justificar su intervención, le hizo esta pregunta:
–¿Y quién es mi prójimo?
Jesús volvió a tomar la palabra y le respondió:
–Un hombre bajaba de Jerusalén a Jericó y cayó en manos de unos ladrones que lo despojaron de todo, lo hirieron y se fueron, dejándolo medio muerto. Casualmente bajaba por el mismo camino un sacerdote: lo vio y siguió de largo. También pasó por allí un levita: lo vio y siguió su camino. Pero un samaritano que viajaba por allí, al pasar junto a él, lo vio y se conmovió. Entonces se acercó y vendó sus heridas, cubriéndolas con aceite y vino; después lo puso sobre su propia montura, lo condujo a un albergue y se encargó de cuidarlo. Al día siguiente, sacó dos denarios y se los dio al dueño del albergue, diciéndole: “Cuídalo, y lo que gastes de más, te lo pagaré al volver”. ¿Cuál de los tres te parece que se portó como prójimo del hombre asaltado por los ladrones?
Le respondió el doctor:
–El que tuvo compasión de él.
Y Jesús le dijo:
–Ve, y procede tú de la misma manera.

(Evangelio de Lucas, capítulo X, versículos 25-37)

***

En conversación con Gérard Sévérin, la psicoanalista Françoise Dolto observa que esta parábola la había impresionado de niña, que la escuchaba fascinada. Pero el párroco, desde el púlpito, decía más o menos lo siguiente: “Queridos hermanos, Jesús nos pide que amemos a nuestro prójimo, que nos ocupemos de todas las necesidades, que dediquemos nuestro tiempo y nuestra vida a los desamparados. No seamos egoístas como este sacerdote y este clérigo que ven y pasan de largo”.
En seguida su interlocutor le pregunta si no está de acuerdo con la explicación del sacerdote. Y ella afirma que el párroco decía lo contrario de lo que señala el texto evangélico: “¡Destrozaba la parábola! En primer lugar, Jesús no reprende ni al sacerdote ni al clérigo. Refiere unos hechos. No juzga. ¡Hagamos lo mismo!”.
Se transcriben partes del diálogo:

Jesús responde a dos preguntas; la primera, “¿qué hacer para tener el nombre inscrito en el cielo?”. Y la segunda, “¿quién es mi prójimo”.

Jesús las contesta refiriendo una parábola. En el camino de Jerusalén a Jericó, una banda de ladrones ataca a un hombre. Lo desnudan y lo dejan medio muerto. Llega un sacerdote y luego un clérigo; los dos, hombres de Dios para los judíos. Lo ven, pero se apartan de allí prudentemente.
Pasa por el lugar un samaritano que va de viaje. Camina solo, quizá silbando, montado en su cabalgadura.
Como enseguida va a montar al moribundo en “su propia cabalgadura”, podemos suponer que se trata de un comerciante que lleva consigo un asno o una mula para transportar las mercaderías, mientras que él va en otro animal. Quizá estoy inventando, pero yo veo las cosas de esta forma.
Es un samaritano… No es un intelectual de izquierda de su época ni un “santurrón”. Pertenece al grupo de personas que no tienen de qué jactarse: nada de iglesia y poco de virtudes. Está muy cerca de la naturaleza, no es un hombre espiritual. ¡Es como es!
Un hombre “material”, práctico… ¡Sin duda, un comerciante!
Ve al hombre abandonado en la orilla del camino. Se acerca. Lo ha visto porque tenía el espíritu alerta: como todos los viajeros de la época, sabe que está amenazado por los bandidos. Se reconoce en ese hombre que yace herido en la orilla del camino. Podría haber sido él. Tal vez lo será durante el próximo viaje.

Por consiguiente, el sacerdote y el clérigo no podían verse reflejados en ese hombre maltrecho…

Claro que no. A los hombres del templo no se los atacaba para asaltarlos.
Sin duda, el samaritano tenía algo de tiempo y valor para acercarse a ese hombre malherido. Lo cura con lo que tiene a mano: lo desinfecta con vino, le da masajes con aceite. Lo sube a su montura para dejarlo en la primera posada, donde también él pasa la noche. A la mañana siguiente deja un poco de dinero al posadero y le dice que volverá y pagará la posible diferencia.
Ha visto al herido, lo ha socorrido, lo ha dejado en buenas manos y continúa su camino. Ahora piensa en sus asuntos personales. Se va. Jesús ni siquiera dice que el samaritano se despidiera del hombre que había salvado.
Ha “perdido” o “dado” un poco de su tiempo montando a este hombre en su propia cabalgadura; lo cual significa simbólicamente que lo toma a su cargo corporalmente: lo lleva, hace con él las veces de madre. Y también de padre, pues le da dinero, lo que va a permitir que el herido se reponga.
Jesús pregunta: ¿Quién se comportó como prójimo de este hombre que había quedado en una situación inhumana, reducido a la impotencia corporal y social y que, abandonado en el estado en que estaba, habría muerto sin remedio?
El letrado le contesta: “El que tuvo compasión de él”. Jesús añade: “Pues anda, haz tú lo mismo”.

Eso quiere decir que hay que tener misericordia, dedicarse a los demás, preocuparse por ellos, como hace el samaritano y como decía el párroco de que hablaba usted antes.

Jesús no dice aquí nada de eso.
¿Quién es el prójimo? Para este pobre hombre molido a palos, robado y despojado, su prójimo es el samaritano. El samaritano es el que se comporta como su prójimo. Jesús le pide, pues, al hombre que yacía herido en el camino que ame al samaritano que lo ha salvado, y amarlo como a sí mismo.
Jesús le enseña qué es el amor al que ha sido salvado. Durante toda su vida amará al hombre que le ha prestado atención, asistencia y ayuda material, a ese hombre sin el cual habría muerto. Nunca deberá olvidar al hombre que le ha permitido recuperar su salud.

¿Cabría decir que, en definitiva, Jesús nos pide reconocer una deuda con respecto al otro, con respecto a los samaritanos de nuestra vida?

Según Jesús, durante toda la vida hemos de reconocernos deudores de quien nos ha ayudado en un momento en que, solos, no habríamos podido continuar nuestro camino. Lo sepamos o no, siempre estamos en deuda con quien nos ayuda en momentos de apuro.

Eso significa que somos eternamente deudores, esclavos dependientes de quien nos ha sido de alguna utilidad.

No. Ni esclavos ni dependientes, sino seres que aman libremente por gratitud. El samaritano que aparece como modelo de este relato evangélico, deja libre al otro. Se retira de nuestro camino y continúa el suyo. La deuda de amor y de reconocimiento que tenemos con el conocido o desconocido que nos ha ayudado sólo podemos saldarla haciendo lo mismo con otros.

De este modo, aquellos a quienes hagamos el bien y a quienes ayudemos en un apuro nos servirán para saldar una deuda y para tener buena conciencia.

Cuando eres “samaritano”, dice Jesús, debes ignorar la deuda y el reconocimiento.
Se obra desinteresadamente cuando, quien ha realizado un acto generoso, no guarda ningún recuerdo del caso. Ni siquiera tiene que desechar el recuerdo. Es algo pasado.
Se trata de un acto de sublimación genital. Es como cuando una madre da a luz. Es un acto de amor. Se ha dado. Es como un coito de amor. Se ha dado.
¿Quién se acordará de eso? El niño. El tiene la deuda de una vida, la deuda de volver a hacer lo mismo con sus hijos o con sus compañeros de vida. Pero no por “deber”, por “justicia”. Se trata de una corriente de amor. Si se detiene, se produce la muerte.
Cuántas veces oímos a personas convencidas de haber sido caritativas o de haber dado algo reprochar a los demás la falta de agradecimiento: “Cuando pienso en los sacrificios que he hecho por ti…, y ahora me dejas…, te vas a otro país…, te casas con una chica que no me gusta…”. “Cuando pienso en todo lo que he hecho por este hombre, y ahora me abandona”.
Si el que ha sido “caritativo” se considera acreedor de aquel a quien un día ayudó, si espera su agradecimiento, demuestra que trataba de comprar a alguien y que, por tanto, no era “samaritano”.

Pero ¿quién es hoy nuestro prójimo?

Nuestro prójimo son todos aquellos que, por un azar del destino, se encontraban allí cuando necesitábamos ayuda y nos la dieron sin pedírsela, nos socorrieron sin guardar siquiera recuerdo del caso. Ellos nos dieron su plusvalía de vitalidad. Se hicieron cargo de nosotros un momento, en una encrucijada en que su destino se cruzó con nuestro camino.
Nuestro prójimo es el “tú” sin el que el “yo” habría dejado de existir en nosotros en un momento en que, desprovistos de recursos físicos o morales, ya no podíamos actuar con nosotros mismos como padre ni como madre, no podíamos asistirnos, asumirnos, mantenernos o guiarnos.
Fueron nuestro “prójimo” todos aquellos que, como hermanos y en forma desinteresada, nos tomaron bajo su responsabilidad hasta que se repusieron nuestras fuerzas y luego nos dejaron libres para seguir nuestro camino.

Así, nuestro prójimo no es hombre de buenas palabras, sino el hombre eficaz en los momentos de apuro. Es el hombre simple, “material”. ¿Es el hombre compasivo y anónimo que nos salvó del desastre?

Sí. Jesús nos refiere esta parábola para explicarnos qué es nuestro prójimo, nos indica que ese prójimo es el ser que nos complementó en los momentos en que nuestra soledad, nuestro desvalimiento inconsciente, nuestra indigencia inconsciente hubieran representado sin él la imposibilidad de sobrevivir.

MÁS FRAGMENTOS:
“El desinterés es algo que no se da en el ser humano. Ni siquiera en el amor de los padres se encuentra lo gratuito: sólo cuidan a sus hijos para no morir ellos, los padres. Los hijos son para ellos el signo de que morirán menos cuando mueran. Amar a los hijos es luchar contra la muerte propia.
Los hijos pueden marcharse, dejar de querer a sus padres… Lo que realmente importa es que, siguiendo el ejemplo que se les ha dado, los hijos, cuando lleguen a ser padres, amen a sus hijos, aún cuando éstos sean a su vez ingratos con ellos.
En la Biblia jamás se habla de amar a los padres. Se habla de honrarlos (Éxodo 20,12; Marcos 7, 10-12), de proporcionarles medios para vivir durante el desvalimiento de la vejez.
Es magnífico que haya relaciones interhumanas entre padres e hijos como entre otros seres humanos con los que se tienen afinidades. Pero en ninguna parte se habla de amar a los padres.
Se ama al prójimo, pero hay padres que no son el prójimo de sus hijos”.
* * *
“Lo gratuito no existe…, excepto para almas piadosas o militantes que se engañan.
Comer y beber lleva consigo orinar y defecar. Es la ley. ¡Siempre se toma algo! ¡Siempre se paga!
Siempre hay un intercambio. Siempre hay algo que se toma a cambio de otra cosa que se da.
De hecho cabe dudar del desinterés del samaritano. El se identificó con el hombre herido y expoliado. Ahora bien, no se es desinteresado cuando uno se ve como un andrajo.
Así es como se entra siempre en contacto con el otro: uno se encuentra a sí mismo en el otro, que se convierte en nuestro espejo. Uno se socorre a sí mismo, proyectado en el otro de forma narcisista. En esto consiste lo que llamamos desinterés”.
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